El Santo de los Agricultores
San
Isidro o Isidoro como también se le conoce en España, fue un pobre “labrador”
(agricultor) que murió el día 15 de mayo del año 1130. Desde pequeño fue un
modelo de perfección de hombre; obligado a cultivar las tierras y las heredades
mediante un sueldo para sobrevivir, madrugaba en las mañanas para asistir
diariamente a misa y orar con fervor. No faltó quien criticara su actuación y
como era un trabajador fue acusado con el amo de no dedicar el tiempo suficiente
al cultivo de las tierras. Un día el dueño enojado salió muy de mañana dispuesto
a sorprender a Isidro en el campo y comprobar si de verdad era un holgazán; sin
embargo, a lo lejos divisó la silueta de dos pares de bueyes,
extraordinariamente blancos que estaban arando a los lados del su criado.
Presuroso el señor quiso saber lo que eran, pero al acercarse más, los bueyes
desaparecieron. Intrigado, después de saludar a su peón, y con una voz suave le
preguntó con el mayor agrado:
--Isidro, dime quienes era los
dos que estaban arando contigo y desaparecieron luego que me acerqué.
--Yo señor, respondió Isidro,
no sé que me ayude otro que Dios, a quien invoco cuando me pongo al trabajo, y
no le pierdo de vista en todo el día.
Asombrado
el patrón, comprendió lo que significaba la visión y lo exhortó a que
continuara con su diaria devoción, y más cuando reconoció que de todas sus
tierras, las mejores labradas eran las hechas por Isidro.
Su
muerte fue llorada por muchos; su cuerpo, depositado en el campo santo de la
Parroquia de San Andrés en Madrid, era visitado por innumerables devotos. Se
cuenta que por espacio de cuarenta años el número de visitantes creció, lo que
hizo que su fama de hombre santo se esparciera por toda la monarquía española.
San
Isidro se le apareció en sueños a un conocido suyo, y le dijo que le hiciese
sacar su cuerpo del cementerio de San Andrés, para que fuera colocado en un
lugar más decente dentro de la misma iglesia. Este personaje hizo caso omiso al
llamado y fue castigado con una grave enfermedad, de la cual sólo sanó hasta
que cumplió el mandato del santo. De igual modo Isidro se le apareció a una
virtuosa señora, la cual hizo una procesión al cementerio, y al primer golpe de
azadón se tocaron por sí mismas las campanas de San Andrés sin dejar de escucharse
hasta que se acabó la ceremonia. Todos los vecinos de la villa fueron testigos
de este milagro y de otro más sorprendente, ya que el cuerpo enterrado por más
de cuarenta años al momento de su exhumación se halló tan entero y tan fresco
como si estuviera vivo; además se cuenta que exhalaba una suavísima fragancia
que se dejó percibir por todos los asistentes quienes no pudieron, ante la
emoción que les causaba semejante milagro, reprimir las lágrimas. Acto seguido
envolvieron el santo cuerpo en preciosas y finas telas, y encerrado en un fino
ataúd fue llevado a su nueva casa, la Iglesia de San Andrés, donde dicen se
conserva.
Muchos
milagros dicen que se sucedieron por la intersección de este santo, lo que
obligó a Paulo V, después de las informaciones y solemnidades acostumbradas, a
publicar la Bula de su Beatificación en el año 1619, permitiendo que se
celebrara todos los años la fiesta del santo en los dominios del Rey de España
Felipe III.
Este
rey impulsó fervorosamente su pronta beatificación, ya que volviendo una vez de
Lisboa cayó gravemente enfermo en la población de Casarrubios del Monte, a tal
grado que los médicos no daban esperanzas de salvación. Múltiples remedios
fueron administrados al rey y este no experimentaba mejoría, así que se recurrió
a la intersección milagrosa de San Isidro Labrador.
Prontamente
se llevó a cabo la celebración de una misa en honor del santo en la iglesia de
San Andrés, con la asistencia de toda la clerecía de Madrid; cuando llegó un
correo con la terrible noticia de que el rey estaba en las últimas, pasada la
consternación, los Magistrados decidieron llevar la caja que contenía el cuerpo
del santo, al cuarto del rey enfermo.
Llegados
los peregrinos con la reliquia a la capital del Imperio, se llevó a cabo otra ceremonia
eclesiástica con gran pompa y solemnidad; colocándose la caja sobre una especie
de carro triunfal, magníficamente adornado, tirado por portentosos caballos, y
seguido por toda la nobleza y clero también en suntuosos ejemplares equinos,
una muchedumbre a pie con antorchas encendidas hizo de la peregrinación un
espectáculo sin igual.
El
príncipe heredero salió a recibir la santa reliquia con toda la Corte hasta la
entrada del parque y la acompañó hasta el cuarto del rey, su padre, donde
estaba toda la Casa Real. La caja conducida en hombros por cuatro eclesiásticos
más autorizados de la iglesia de Madrid, la colocaron en una especie de trono
debajo de un dosel. El rey que se había limpiado de calenturas desde que la
caja salió de la iglesia de San Andrés, se halló enteramente bueno luego de que
entró en su cuarto la reliquia.
Por
este motivo el humilde Labrador fue objeto de una veneración solemne en toda
España. Finalmente el Papa Gregorio XV a instancias del rey Felipe IV, y por
satisfacer los ansiosos deseos de toda España, procedió solemnemente a su
canonización el día 22 de marzo de 1622.
A
partir de esa fecha se autorizó a los pueblos a celebrar la fiesta de este Santo
Patrón de la Villa y Corte de Madrid y protector especial de todo el reino.
Pasando así, a ser reconocido como el santo patrono de los agricultores.
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